En
una de las últimas sesiones de Educación y Sociedad, vimos el documental de “La
clase de al lado”, en el que Emma realiza un taller social a través de
distintas dinámicas con un grupo de alumnos que están desinteresados y
desanimados debido a cómo es el sistema escolar. Ella les enseña a conocer y
expresar sus miedos, expectativas y recuerdos más significativos fomentando su
autoestima y confianza en ellos mismos y entre todo el grupo. Con la siguiente
reflexión crítica pretendo responder a la pregunta planteada: “¿Cómo conecta
el documental con tu yo adolescente?”
Hoy
en día, la escuela la concebimos como un sitio en el que nos sentimos
encerrados y aburridos, y en el que realizamos un gran esfuerzo para ir, pero
en el que no somos comprendidos, ni escuchados por las personas que se
encuentran allí. Además, muchas veces algunos alumnos son señalados como
aquellos que no van a llegar ni a conseguir nada y poco a poco se les va
excluyendo. Esto se debe a que todo se basa en una nota numérica, ya que lo que
más interesa es el número de aprobados y la mayoría de los alumnos aprenden
para olvidar.
Un
ejemplo de ello lo viví en cada curso de la ESO, ya que las aulas las
distribuían a través de distintos criterios, pero en muchas ocasiones en un
mismo grupo de un curso se encontraban alumnos repetidores, alumnos que solían
interrumpir y hablar mucho durante las clases y otros ciertos alumnos que sí
solían estudiar y atender. Esos grupos según los profesores terminaban siendo
lo peor debido a que la mayoría de los alumnos no dejaba atender al resto y los
profesores se mostraban de forma autoritaria castigando, poniendo partes cada
día, mandándoles al aula de convivencia o a jefatura de estudios.
Como
consecuencia de ello, los alumnos odiaban a los profesores y les ponían apodos
con despecho y a la vez odiaban el hecho de ir a clase. Todo ello, se debía a
que los mismos profesores no les daban segundas oportunidades y muchas veces no
entendían sus situaciones.
Por
otro lado, es importante destacar que la metodología empleada en un aula en
muchas ocasiones sigue siendo como hace bastantes años, es decir, una
metodología magistral en la que el profesor o profesora explica lo que toca dar
ese día y se mandan ciertos ejercicios que serán corregidos en la siguiente
sesión, pero si no los llevas hechos se pone un negativo y en ciertas ocasiones
algún castigo. Al cabo de unas sesiones, se pone una fecha de examen que es la
prueba con la que el docente evalúa a cada alumno.
Otro
aspecto que es similar y no ha cambiado durante mucho tiempo es la colocación
del aula, ya que siguen siendo pupitres colocados de dos en dos o a veces tres
y por filas, aunque en ocasiones los profesores colocan a los alumnos de uno en
uno, por orden de lista o de forma que un alumno pueda contribuir al otro.
Por
otro lado, la escuela es un lugar donde tenemos escasa interacción con los
demás porque la mayoría de las personas con las que pasamos el día a día en un
aula solo conocen nuestra apariencia y lo que nosotros queremos mostrar, ya que
muchos de nosotros no nos expresamos como verdaderamente somos por miedo a ser
rechazados o juzgados por los demás.
A
pesar de todo ello, se crean los roles sociales que son impuestos por la
sociedad y dependen de con las personas que nos encontremos, aunque no nos
definen como somos en verdad. Esto se debe a que muchos de estos roles nos los
han asignado a partir de nuestra apariencia, de lo que nosotros mismos hemos
mostrado de cómo somos a veces incluso sin darnos cuenta de ello. Y a partir de
estos roles se pueden crear ciertos agobios ya que, por ejemplo, el malote de
la clase no le podrían ver expresando ciertos sentimientos como la tristeza, ya
que se le considera alguien fuerte, que no expresa sentimientos de debilidad.
Todo
ello afecta de forma significativa al clima del aula, mostrando un clima
forzado con tensiones, en el que los alumnos no se sienten entendidos ni con la
confianza suficiente para expresar sus ideas y sentimientos.
No
obstante, la escuela deberíamos concebirla como un sitio abierto que no nos
trasmitiera sentimientos negativos y donde cada uno de nosotros pudiera ser
quién es, siendo aceptado y comprendido por los demás ya que es uno de los
lugares donde pasamos más tiempo desde que somos pequeños y por ello deberíamos
considerarla como una segunda casa y recordar nuestra etapa en la escuela como
una etapa llena de buenos recuerdos.
La
escuela no solo debería formarnos académicamente, sino que también debería
prepararnos para la vida, ya que nadie nos enseña cómo podemos gestionar
nuestras emociones, expresar nuestros sentimientos o simplemente a como hablar
en público. También, debería enseñarnos a como aceptarnos tal y como somos, sin
miedo a mostrarnos antes los demás y aceptándonos y queriéndonos, ya que es
algo complicado que nos vemos obligados a aprender solos y muchas veces en los
peores momentos.
Sin
embargo, es un sitio al que nos sentimos en el compromiso de ir por nuestro
futuro y, en ocasiones por nuestros padres; pero en el que nos alegramos cuando
no hay clase y deseamos que lleguen los últimos días de curso para directamente
no asistir e irnos con nuestros amigos.
Además,
considero importante que los docentes se muestren como son en el aula y
fomenten un clima acogedor y de confianza. Este clima yo lo tuve en
bachillerato, ya que al estudiar bachillerato de humanidades solamente éramos
cinco chicas en las clases de latín, griego, historia del arte y filosofía, y
nuestras profesoras nos trataban con mucha más cercanía y entre nosotras había
más confianza y tendíamos a expresarnos como en verdad somos al interactuar.
Para
terminar, desde mi punto de vista es fundamental que el docente sea empático y se
muestre como uno más de la clase y también sería un gran avance que proponga
metodologías más amenas y divertidas en las que podamos aprender, interactuar y
conocernos más, aceptarnos y querernos a nosotros mismos, fomentando nuestra
autoestima y confianza por conseguir nuestras metas.